—Soy la mujer más desdichada de la tierra.

—¿Y por qué?

—Porque amo á un hombre.

—¡Catalina!

—Será todo lo escandaloso que queráis el que yo os diga esto... pero vos, padre y señor, me habéis sacrificado.

—El hombre á quien amas, me dijo anteanoche, con la mayor desvergüenza, que no se hubiera casado contigo por nada del mundo.

—¿Pero quién es el hombre á quien yo amo?

—Yo no extraño que le ames, porque yo también le amo; es decir, le amo porque para el rey, para España, y por consecuencia para mí, sería precioso si fuese mi amigo, en vez de serlo del duque de Osuna.

—¡Ah! ¡creéis que!...

—Sí... me consta que le amas, mancillando mi nombre, ultrajando á tu esposo, confundiéndote con esas despreciables mujeres...