—¡El nombre, el nombre de quien amo!

—Don Francisco de Quevedo.

—Pues bien, sí, es verdad; le amo... más que eso; soy su amante.

—Irás de aquí á un convento—exclamó irritado el duque.

—No iré.

—¿Que no irás...?

—No, porque me necesitáis... no... porque sin mí no sabríais muchas cosas que pasan en palacio... no... porque vos no tenéis derecho para reprenderme... me habéis perdido.

—¡Estás loca!—exclamó el duque levantándose irritado.

—Loca, sí; fuera de mí... desesperada... ¿qué me importa todo...? se va... me deja... me abandona... y no ha de irse.

Volvióse á sentar el duque.