—Indudablemente... indudablemente deben de haberte dado algún bebedizo.

—¿Qué más bebedizo que el amor?

—Pero... prescindiendo de todo: ese amor debe humillarte.

—Lo que me humilla es que don Francisco no me ame.

—¡Hum!—exclamó el duque de Lerma—; nunca hubiera creído posible que este caso llegase para mí.

—Vos tenéis la culpa.

—¡Yo!

—Vos me habéis dejado conocer tales cosas, que me habéis curado de espanto.

—¿Y qué cosas son esas?

—¿No se ponen en práctica los medios más repugnantes por todos, para conservar el favor del rey?... Vos mismo, ¿no habéis ennoblecido á ese don Rodrigo Calderón, que al cabo se ha vuelto contra vos... como que no puede obrar sino miserablemente el que por miserables medios se ha engrandecido? ¿no lo he visto yo aprovechando todo? ¿qué hay que extrañar en que yo, cansada de sufrir, haya querido ser feliz de la única manera que podía serlo, y haya abierto mi alma á Quevedo?