—Es necesario que olvides eso, Catalina; don Francisco es un hombre funesto; lleva consigo la desgracia.

—¡Ah! harto lo sé; pero no lo puedo olvidar; figuráos, padre, que le amaba sin saberlo, antes de casarme, y que me hubiera casado con él con toda mi voluntad, con todo mi afecto. Pero estamos perdiendo el tiempo; decid de mí lo que queráis... pero es necesario que don Francisco no salga de Madrid.

—¡Cómo! ¿quiere irse?

—A Nápoles.

—¡A Nápoles!

—En Nápoles, al lado del duque de Osuna, puede haceros mucho daño.

—Pues no sé...

—Prendedle.

—¡Que le prenda!

—Sí por cierto.