—Mucho.
—Y... ¿qué le puedes decir?...
—Despacio... quiero tener armas reservadas...
—¿Tú también te vuelves contra mí?
—¿Porque procuro ser fuerte? No; no, señor. Yo os he dicho... como si no fuera vuestra hija: amo á un hombre, tengo empeño por él, ese hombre huye... detenedle, servidme... en cambio yo os serviré.
—Pues bien; detendré á ese hombre... detened vos, evitad, avisadme de lo que pueda hacerme daño.
—¿Cuándo prendéis á Quevedo?
—Al momento.
—Pues desde el momento empiezo yo á serviros. Adiós, señor.
—Id, id en paz, doña Catalina, y que Dios os perdone.