Doña Juana estaba conmovida, pálida, ojerosa.

—¿Qué sucede, mi buena amiga—la dijo el duque después de los saludos—, que así me alegráis y asustáis al mismo tiempo, viniendo á mi casa?

—Sucede... sucede mucho...—dijo la duquesa—muchísimo.

—Adverso debe ser, porque tenéis señales de haber sufrido.

—Me he reconciliado con doña Clara Soldevilla.

—¡Cómo! ¿con nuestra eterna enemiga?

—Desde hoy, duque, doña Clara es mi mejor amiga: es mi hija.

—¡Duquesa!

—No os quiero engañar... desde hoy...

—¿Qué...?