—¡Yo!... ¿he dicho yo eso?... Sí, señor... la reina está muy buena... su majestad goza de muy excelente salud.
—Montiño, estáis pálido, aterrado cuando me decís eso; hablad, hablad, por Dios; os lo mando, os lo suplico. Tengo antecedentes...
—¡Cómo! ¡sabéis, señor!...
—Sí... sí... sé que en palacio han mediado cosas graves.
—Pero sabréis también, señor, y si no lo sabe vuecencia yo lo puedo probar, que en tres días no he parecido por las cocinas, y que soy inocente.
—¡Inocente! ¿Luego era verdad? ¿Luego se ha cometido un crimen?
—Señor... ¡yo no he dicho eso!
—Será preciso para que habléis que yo me encierre con vos en la inquisición.
Y el duque se levantó.
—¡Ah, no! ¡no, señor!—exclamó el cocinero agonizando de terror, sudando, estremeciéndose—; yo lo diré todo.