—Y allí, encerrado yo contigo, á quien mandaré poner en el potro, te haré pedazos si no me contestas...
—¡Ah, señor, señor!—exclamó Montiño, cayendo de rodillas á los pies del duque—. ¡Esto sólo me faltaba!
—Y oye—añadió el duque soltando á Montiño y yendo á la mesa y escribiendo y trayendo después el papel escrito á Montiño—, si me respondes con verdad y lo que me dices vale la pena, te doy este vale para que al presentárselo te pague mi tesorero mil ducados.
—¡Mil ducados, ó la Inquisición y el tormento!
—Elige.
—Sí... sí... señor... pues... elijo... ¡los mil ducados!
Y tendió las manos al vale.
—Despacio, despacio, señor Francisco Montiño—dijo el duque sentándose en el sillón—; antes es necesario que me respondáis á lo que voy á preguntaros.
—Si puedo responderos, señor, lo haré con toda mi alma.
—Decidme: ¿por qué habéis dicho con terror que la reina, que su majestad, está sana y buena?