—¡Yo! ¡bah! ¡yo no digo nada de la reina!
—Sí, sí... hay algo en vos que me aterra, no sé por qué... vuestros ojos... vuestra voz...
Y el duque se levantó, salió, cerró todas las puertas de modo que de nadie pudiesen ser oídos, y se volvió al lado del cocinero mayor, á quien asió violentamente de un brazo.
Había recordado aquellas palabras que le había dicho poco antes la duquesa de Gandía: «sucede... sucede mucho... lo que pasó anoche en palacio...» y una relación misteriosa, terrible, se había establecido en la imaginación del duque, entre aquellas palabras de la duquesa, y las que acababa de oír, vagas, reticentes, respecto á la reina, al cocinero de su majestad.
—Oye...—le dijo el duque—, estamos solos: yo soy omnipotente en España.
—Lo sé, señor, lo sé...—dijo Montiño.
—Puedo... ¿qué sé yo lo que puedo hacer contigo?... puedo, por un lado destruirte... por otro, enriquecerte.
—¡Señor!... ¡señor!... ¡que me lastimáis!
—Y si no me respondes á lo que te pregunto, claro, muy claro... mira: mando que traigan aquí mismo una silla de manos, que te metan en ella, y que te lleven á la Inquisición...
—¡A la Inquisición!...—exclamó trémulo, acongojado, el cocinero mayor.