Se detuvo asustado, como quien no encuentra una contestación satisfactoria á una pregunta importante.
Y luego rompió á llorar, y dijo en una de sus tremendas salidas de tono:
—Haga vuecencia de mí lo que quiera; pero yo no me acuerdo de nada.
—¿Que no os acordáis? ¿habéis perdido la memoria?
—Lo he perdido todo, señor: mi dinero... mi mujer... mi hija...
Y entre otra nueva y más violenta salida de tono, añadió:
—¡Me han robado! ¡Me han perdido!
—¡Que os han perdido!
—¡Qué, señor! ¿quién ha dicho que me han perdido?... ¡mienten! ¡mienten! ¡bah! ¡la reina está sana y buena!
—¡Montiño! ¡qué decís de la reina!