Lerma mandó que le introdujesen, y le recibió en su despacho.
Volvemos á tener en escena al mísero cocinero mayor.
Parecía haber enflaquecido desde la víspera, y sus cabellos, antes entrecanos, estaban completamente blancos.
Alrededor de sus ojos hundidos y excitados por una fiebre ardiente, había un círculo rojo.
Francisco Martínez Montiño había llorado mucho.
Primero por su dinero: después por su mujer y por su hija.
—Os he esperado con impaciencia, Montiño—le dijo con severidad el duque.
—Señor, excelentísimo señor, poderoso señor...—dijo todo compungido y trémulo el cocinero mayor.
—¿Qué os mandé ayer? ¿qué me prometísteis ayer?
—¿Qué me mandó vuecencia?—dijo espantado Montiño—¿qué prometí á vuecencia?