—Os ayudaré... y en prueba de ello, desconfiad del duque de Uceda y de la condesa de Lemos. Vuestros hijos son vuestros mayores enemigos.

—Será necesario destruirlos.

—Obrad con energía.

—Obraré, pero decidme: ¿qué os ha dado don Francisco de Quevedo que así os ha vuelto en su favor?

—Nada, no me preguntéis nada. Pero tened en cuenta que amo mucho á doña Clara Soldevilla, y que llevo vuestra palabra de que Quevedo no será preso.

Y saludando al duque salió.

El duque salió acompañándola y murmurando:

—Ese Quevedo debe de ser brujo.

Apenas el duque se volvió de haber acompañado á la duquesa hasta las escaleras, cuando un criado le dijo:

—Señor, Francisco Martínez Montiño, cocinero mayor de su majestad, solicita hablar á vuecencia.