—Le buscaré.

—Podéis iros, Montiño, confiando en mí.

—Perdonad, señor; pero antes tengo que deciros algo.

—¡Qué!

—¡La Dorotea!...

—¡Dorotea!

—Sí; sí, señor: Dorotea la comedianta me ha dado para vuecencia esta carta.

El duque la leyó.

—¡Dorotea!—exclamó para sí el duque—; Dorotea es... yo no sé lo que Dorotea es del bufón del rey... esta muchacha me ama... la deslumbro... pues bien... me conviene ir á verla... Tranquilizáos é id en paz—dijo en voz alta dirigiéndose á Montiño.

—Beso las manos á vuecencia, y le doy las gracias por tanto bien como me hace.