Al verle la Dorotea se levantó, arrojó el papel sobre una silla y se inclinó ceremoniosamente en una cumplida reverencia ante su hinchado amante.
—Mil gracias, señor—le dijo—, pues al fin os dejáis ver de esta pobre mártir.
Y puso un sillón al duque.
—¿Cómo os va, Dorotea?—dijo éste sentándose y extendiendo hacia la joven una mano, que ésta estrechó con respeto.
—Me va muy mal—dijo la Dorotea sentándose bruscamente en un taburete á los pies del duque—, y esto no puede continuar así.
—¿Qué decís, señora?
—No me llaméis señora—dijo la Dorotea—; yo no soy señora, soy una comedianta; una mujer que ha nacido para vivir libre como los pájaros, cantando siempre de rama en rama... para estar alegre, para gozar... para tener un amante... un verdadero amante que la ame, y no la trate con esos insoportables miramientos con que vos me tratáis... que no se pase los días sin verla... que no la olvide por nada... que no se vea obligada á llamarle señor, más que de su alma... y esto dulcemente... en fin, que no la aburra, que no la entristezca, que no la fastidie.
—Indudablemente estáis de muy mal humor, Dorotea.
—Tenéis razón, estoy de un humor endiablado.
—¿Y qué queréis?...