—Que acabemos de una vez; yo no sé aún lo que soy para vos.
—¿Que no lo sabéis?
—Quiero no saberlo, aunque vos me lo decís claramente con vuestra conducta.
—Pero en fin... ¿qué creéis vos?
—Creo que yo para... vuecencia... soy... así, como una cosa que se tiene por vanidad... porque cuesta muy cara.
—¡Oh! ¡oh!
—Ni más ni menos; vos supísteis que había en la corte una mujer que había despreciado las ofertas, los regalos, las súplicas de los señores más principales, y os dijísteis... por vanidad, por pura vanidad: es necesario que esa mujer sea mía, cueste lo que cueste, valga lo que valga; es necesario que, como soy el dueño de la primera persona del reino, lo sea también de esa dificultad viviente. Es necesario que yo humille la vanidad de los demás.
—¿Y me habéis llamado para esto?
—Cierto que sí; para deciros que de vanidad á vanidad, la mía es mayor que la vuestra.
—¡Ah! ¡vuestra vanidad!