—Ciertamente; ¿habíais creído que yo os amaba?
A esta inesperada pregunta de la Dorotea, el duque puso un gesto imposible de describir, en que lo que más se determinaba era una contrariedad terrible.
La Dorotea soltó una larga carcajada.
—Pues no os amo, ni os he amado nunca, ni os puedo amar—dijo inmediatamente después de la carcajada.
—¡Señora!—dijo el duque pálido de cólera.
—No me llaméis señora, ya os lo he dicho; llamadme Dorotea; no os irritéis tampoco; debéis apreciar el que yo os diga la verdad. Y además, si no os amo, no es porque no quiero amaros, sino porque no lo merecéis.
—¡Que no lo merezco!
—No, porque no me amáis. El corazón se rinde al amor, y el amor es tan libre, que todos los tesoros del mundo no bastan para comprarle; ¿cómo he de amaros yo, si desde que os conocí estoy quejosa de vos?
—¡Quejosa! ¿Qué habéis querido que no lo hayáis tenido?
—¡Bah! si yo he aceptado vuestros regalos, no ha sido porque me hagan falta, sino porque mi vanidad se halaga con los sacrificios que vuestra vanidad hace por mí.