—¿Pues qué, tenemos que llegar aún á alguna parte?
—¡Vaya...! pero continuemos. A mi no me hacía falta, absolutamente falta nada de lo que me habéis dado; me trataba muy bien antes de conoceros, y tan cierto es esto, que os he llamado para devolveros todo eso, y salir antes que vos de esta casa, si no quedamos en lo que hemos de quedar.
—¡Qué decís!
—Digo... que... si no sois enteramente mío como el rey lo es vuestro, tomo ahora mismo por amante... ¿á quién diré yo...? á un aposentador muy rico que anda enamorado de mí, y á quien puedo arruinar en tres días.
—¿Pero estáis loca?
—Y todo el mundo dirá, conociéndoos, al ver que os dejo: mal debe de andar el duque de Lerma; su querida, que es una cómica interesada donde las hay, le ha dejado por un aposentador... luego el duque puede menos; ved de qué modo una cómica puede poner á vuecencia, secretario de Estado universal del rey, por debajo de un cualquiera, de un hombre burdo, de un aposentador.
—¿Y seríais capaz...? ¿habláis seriamente?
—Tan seriamente, que voy á empezar á deciros lo que quiero.
—Veamos, veamos lo que queréis.
—Quiero, en primer lugar, ocupar el lugar que me corresponde.