—¿Pues qué, no le ocupáis?

—No por cierto. Las queridas de los grandes hombres, son ó deben ser más que sus queridas. Deben partir con ellos el poder, la autoridad, deben ser omnipotentes. ¿Qué importa que la querida sea una cómica? al elegirla, el grande hombre la ha igualado á sí; esto no admite réplica, porque la querida de un grande hombre debe ser una gran mujer, y si no lo es, algo hay de vano en el hombre á quien todos tienen por grande.

—Esa mujer puede tener, como vos, una gran hermosura...

—No me extraviéis, no me respondáis. No será muy grande su hermosura, si no enloquece al grande hombre.

—Los negocios no son para las mujeres: para las mujeres las delicadezas de la vida, la buena casa, la buena mesa, las joyas, las galas, las sedas, las pieles... y el amor. Los cuidados graves, deben quedar para los hombres.

—Decís bien, cuando los hombres no son torpes.

—¡Cuando los hombres no son torpes! explicáos mejor; ¿me tenéis por torpe, Dorotea?

—Por torpísimo; y como yo soy orgullosa, sumamente orgullosa, me mortifica que mi poderoso amante sea burlado.

—¡Burlado!

—Como que no sabéis dónde estáis de pie.