—Convengo en ello; comeremos juntos los tres, pero por ahora, adiós.

—Id con Dios, señor duque.

Lerma salió, y Dorotea le acompañó hasta la puerta. Cuando oyó el ruido del carruaje del duque, volvió á la sala.

En ella estaba ya Quevedo.

—Confieso que merecéis mucho, hija Dorotea—exclamó—; habéis evitado que me prendan, del modo que más me convenía á mí, y que menos os compromete á vos. En cambio, yo prometo curaros de ese amor homicida que se os ha metido por el alma, que es lo que más necesitáis y lo mejor que se puede hacer por vos.

—¡Ay, don Francisco, que creo que este amor me va á costar la vida!

—El amor no mata más que en las comedias de autor tonto; no se despega á tres tirones el alma de la carne, y el tiempo... vamos, vamos, no hay que pensar mucho en ello; y como tengo harto que andar y estoy seguro de que no me han de prender, quedad con Dios, hasta la tarde, en que hemos de comer juntos, el duque, vos y yo.

Y Quevedo salió.

—Casilda—dijo Dorotea cuando se quedó sola—, que vaya Pedro al coliseo, y que avise de que esta tarde no puedo representar. Estoy muy enferma.

CAPÍTULO LX