—Lo creerá. Decidle que vaya esta noche á verme encubierto á mi casa, al obscurecer.

—No le dejarán entrar.

—Que presente esta sortija en mi casa—dijo el duque, quitándose una del dedo y entregándola á Dorotea.

La joven conoció á primera vista que aquella sortija era de gran valor.

—Procuraré dejaros tan satisfecho de mí—dijo el duque levantándose—, que no queráis poner en mi lugar á ese aposentador.

—Lo veremos...¿Pero os vais?

—Sí, es ya tarde y voy á palacio.

—No quiero deteneros, señor; ¿pero volveréis?

—Sí, esta tarde; si para cuando yo llegue ha venido don Francisco, cuento con que me le tendréis entretenido.

—Se me ocurre una idea: comed hoy conmigo; os trataré bien, y sobre todo, Quevedo comerá con nosotros.