Y para hacer más terrible aquel golpe, los ojos poderosos de doña Catalina, medio velados por sus sedosas pestañas negras, arrojaban sobre él fuego; le miraban de una manera tal que... Santos hubiera dado su alma al diablo porque aquellos ojos le hubiesen mirado de una manera más clara, porque le hubiesen prometido, aunque remotísimamente, algo.

Pero la intensa y ardiente mirada de la condesa era incomprensible.

—¿Estáis enterado de lo que debéis hacer? dijo doña Catalina cuando vió que tenía á Santos rendido á discreción.

—Sí; sí, señora—contestó Santos reponiéndose—; pero suplicaría á vuecencia me dijese claramente punto por punto...

—Oíd: iréis á buscar al alcalde de casa y corte más duro, más valiente, más á propósito para no dejarse engañar por Quevedo.

—Ruy Pérez Sarmiento, es que ni pintado.

—Bien: diréis á ese señor... le mandaréis que sin perder un momento, suelte por Madrid cuantas rondas de alguaciles pueda en busca de don Francisco. Todos le conocen. Encargadle que los alguaciles sean bravos por si Quevedo arrastra de espadas.

—Es decir, que le prendan muerto ó vivo.

—¿Quién ha dicho eso?—exclamó la condesa con impaciencia y cólera—que le prendan vivo y sin tocarle con las espadas: seis hombres bien pueden apoderarse de uno solo, por valiente que sea, sin herirle.

—¡Ah! muy bien, señora.