—¡Eh! ¿qué es esto? ¿habréme convertido en doblón cuando con tal ansia me echáis mano?—dijo Quevedo.
—Os habéis convertido en hombre preso por el rey.
—Su majestad viva, y pues su majestad lo quiere, preso me reconozco.
—Metedle en la silla de manos.
—Meteréme yo, que aún no estoy impedido; que si yo rey no respetara...
—¿Qué decís?...
—Digo que nada digo, y concluyan y vamos y demos todos gusto al rey, que no hay para qué menos.
Y Quevedo se entró en la silla de manos.
Inmediatamente cerraron la portezuela, y como no tenía celosías ni vidrieras, Quevedo se quedó á obscuras.
—Al menos es blanda—dijo sintiendo el almohadón mullido de la silla—, y puesto que no podemos hacer otra cosa, y la alcoba nos cierran y á obscuras nos dejan, durmamos.