—Don Francisco de Quevedo es uno de los vasallos más leales de vuestra majestad.
—Paréceme, sin embargo, que le hemos tenido preso.
—Dos años. Es un tanto turbulento...
—Por lo mismo, dejémosle que se vaya con su duque de Osuna.
—Por el contrario, yo le guardaría...
—Pues prendedle otra vez, que no ha de faltar motivo. No sé qué he oído de unas estocadas... ¡ah! ¡sí! don Rodrigo Calderón...
—En efecto, mi secretario Calderón, hace tres noches fué muy mal herido y está en mi casa.
—Hirióle... ese bastardo de Osuna, ese don Juan, á quien yo no sé quién ha hecho capitán de la tercera compañía de mi guardia española.
—Lo ha hecho, señor, la reina, por amor á su favorita doña Clara Soldevilla.
—Esposa recientemente de ese don Juan... y á quien creo que ama mucho... pues bien, prendamos á ese don Juan para poder prender á Quevedo.