—¡Cómo!

—Como que dicen que Quevedo ayudó á don Juan á herir á don Rodrigo.

—Es necesario andar muy despacio en eso, señor; tales negocios pueden salir al aire si se prende á don Francisco...

—¡Cómo! ¿también por ahí?

—Sí; sí, señor; don Juan, hiriendo á don Rodrigo, ha obrado como bueno y leal, y como buen amigo suyo Quevedo, ayudándole... esto es... midiéndose con otro hombre que favorecía á don Rodrigo.

—Pues mirad: podré engañarme, pero ese don Juan no me gusta.

—¡Y yo que traía á vuestra majestad para que la firmase una real cédula de merced, para ese don Juan, del hábito de Santiago!

—Pues no; no hay que pensar en ello; ¿con que es decir que se nos lleva la dama más hermosa de palacio, que se nos pone á la cabeza de la compañía más brava de nuestros ejércitos, que nos hacemos los ciegos ante un homicidio intentado por él y todavía queréis que le demos el hábito de Santiago?

—No haríais más que doblárselo, señor, pues lo tiene ya.

—¡Cómo! ¿pues quién se lo ha dado?