Estuvieron mirándose durante algunos segundos el ministro y el bufón.

Los ojos del tío Manolillo relumbraban como brasas.

Sus mejillas no estaban pálidas, sino verdinegras.

Miraba al duque con una fijeza y una insolencia tales, que el duque se irritó.

—¿Qué me queréis?—dijo Lerma con acento duro.

—¡Eh! ¿Qué os quiero yo? nada; vos sois quien me queréis á mí.

—¡Yo!

—Sí, vos me necesitáis.

—¿Que os necesito yo?

—Sí por cierto. ¿No es verdad que nuestro buen rey tiene de vez en cuando ocurrencias insufribles?