—Venid, venid conmigo, bufón, y hablemos donde de nadie podamos ser escuchados.

—Eso quiero yo.

—Seguidme.

—No por cierto. No nos deben ver salir juntos de la cámara del rey. Sois muy torpe, excelentísimo señor. Nos veremos, sin que nadie lo sepa ni lo entienda, en vuestro camarín de la secretaría de Estado. Hasta dentro de un momento. Adiós.

Y el bufón levantó el mismo tapiz por el que había aparecido, y desapareció tras él.

—¿Qué sucede en palacio, señor? ¿Qué hay aquí—exclamó el duque—, que me veo obligado á tratar con ese miserable?

El duque hizo un violento esfuerzo, salió de la cámara real, bajó á la planta baja del alcázar, y se entró en la secretaría de Estado.

—¡Ledesma!—dijo á uno de los oficiales que trabajaba en la primera sala—; cuidad de que nadie vaya á interrumpirme, y estad dispuesto para cuando yo os llame.

Ledesma, que se había levantado como todos á presencia del duque, se inclinó profundamente.

Lerma atravesó otras dos salas, en las cuales los oficiales se levantaron con el mismo respeto que los de la primera, llegó á una puertecilla, sacó una llave, abrió la puerta, entró y cerró.