—Sin duda tienes algo muy grande que pedirme; sin duda me necesitas para mucho, cuando así me hablas; ¿qué quieres?

—Creo que nos entendemos. Ahora voy á decirte lo que quiero.

—Si puedo, si está en mi mano...

—Oye; tú conoces á una mujer á quien yo conozco también. Yo quiero que esa mujer sea feliz.

—¡La reina!

—¿Qué me importa la reina? ya la he salvado hoy.

—¿Conque era verdad?

—Verdad, verdad; quisieron envenenarla.

—¡Envenenarla! ¿Pero quién ha querido cometer ese atentado?

—Tu buen secretario don Rodrigo Calderón.