—¡Pero si ese atentado se ha intentado hoy y don Rodrigo está en el lecho mal herido!
—Pero no estaba mal herido el sargento mayor don Juan de Guzmán, que ha estado yendo y viniendo al lecho de don Rodrigo, y como don Juan de Guzmán era amante de Luisa, la mujer del imbécil cocinero de su majestad, y como de las cocinas baja la vianda para la reina, Luisa pudo hacer que ciertos polvos entrasen en uno de los platos del almuerzo de su majestad. Quevedo y yo, que éramos muy amigos, nos hemos visto negros para salvar á Margarita de Austria; pero tales eran los polvos, que un pobre paje á quien se le apeteció lo que había quedado sobrante en los platos de la reina y del padre Aliaga, ha muerto en momentos.
—¡Horrible! ¡horrible!—exclamó el duque.
—Yo no sé si tú has tenido parte en esa infame tentativa de asesinato, ó si ha sido únicamente cosa de don Rodrigo Calderón.
—¡Yo! ¿me creéis capaz de esa infamia?
—Te creo, por tu vanidad y por tu ambición, capaz de todo.
—¡Oh! ¡oh! esto es demasiado, demasiado faltarme al respeto.
—La reina te estorba tanto como á don Rodrigo; la reina conspira contra ti, y la temes.
—Pero jamás llegaría á ese punto, jamás; me calumniáis.
—Quiero creerte, porque hasta ahora, si has sido traidor y ladrón, no has sido asesino.