—Sí por cierto. Como don Juan es joven y hermoso, con esa hermosura que deslumbra á las mujeres...
—No le conozco.
—¡Oh! pues es un mancebo hermosísimo; ya ves: cuando en tres días ha llegado á ser marido de doña Clara Soldevilla, á quien todos, menos yo, creían de nieve, y ha enamorado á Dorotea, que no había amado nunca...
—¡Pero Dorotea le ama!—exclamó con cierta celosa impaciencia Lerma.
—Con toda su alma, con toda su vida, de tal modo, que si le pierde muere.
—¿Pero qué se proponía Quevedo al hacer conocer á Dorotea ese hombre?
—Que se enamorase de él, y lo consiguió.
—Pero no entiendo el objeto de Quevedo al pretender que Dorotea se enamorase de ese hombre.
—Estás cada día más torpe, duque.
—No tenéis razón para llamarme torpe, porque es incomprensible el objeto de Quevedo.