—Lo que á ti te falta de ingenio, le sobra á Quevedo, Lerma.
—Pero en esta ocasión...
—Dime: ¿no es tu querida Dorotea?
—Sí.
—Aún no me comprendes. Será necesario llegar al fin. Dime: ¿no harás tú cualquier locura por evitar que Dorotea te humillase despidiéndote?
—Según, según.
—No hay según. Tú eres todo soberbia. Tú hubieras hecho lo que hubiera querido Dorotea, y como Dorotea, una vez enamorada de don Juan, debía procurar que no le prendiesen por sus heridas á don Rodrigo...
—¡Ah!
—Has comprendido al fin, gracias á Dios y á mi paciencia. Pues bien, Quevedo ha tenido suerte: Dorotea ama como una loca á don Juan, le ama más que á sí misma, y es capaz de cometer cualquier terrible desacierto, porque tiene celos.
—¡Celos!