—Pues marchemos, y silencio.
—Silencio y marchemos.
Tiró para adelante el hombre, á cuya capa iba asido Quevedo, y siguióle éste pensando para sus adentros:
—Póneme más en cuidado que nunca la amistad de éste; paréceme que se han propuesto asustarme... ¡y vive Dios! que lo han conseguido... por mí, acostumbrado estoy á estas aventuras... pero don Juan... preso también... ¡pueden salir de aquí tantas cosas!...
—Señor alcalde—dijo en aquel punto el hombre que guiaba á Quevedo—: aquí tiene vuestra merced al preso.
—¿Sois vos don Francisco?—dijo la voz ronca y tiesa, por decirlo así, del licenciado Sarmiento.
—Yo soy, á menos que no me equivoque, amigo.
—Entrad en esa litera.
—Pónganme junto á ella; pero ya la topo; adentro voy; buenas noches y buen viaje.
—¡Si sois vos el que os vais!