—No, licenciado Sarmiento; vos sois el que os vais de mí... y me alegro. Guardéos Dios.
Estaba ya dentro Quevedo y se cerró la puerta de la litera.
Esta se puso en movimiento.
Durante algún espacio, Quevedo oyó el ruido de las gentes que pasaban, y el viento que zumbaba en los aleros de las calles.
Después, aquel ruido cesó: oíase el zumbar del viento, largo, extendido, como en el campo, y sólo se oyeron los pasos de las mulas de la litera y los de algunas cabalgaduras que marchaban constantemente junto á ella.
CAPÍTULO LXV
DE CÓMO EL TÍO MANOLILLO NO HABÍA DADO SU OBRA POR CONCLUÍDA
A penas el licenciado Sarmiento había entregado á cuatro alguaciles de á caballo la guarda de Quevedo, con la orden verbal de que le recibiese preso el alcaide del alcázar de Segovia, y se había alejado de la casa con su ronda de alguaciles, cuando se le plantó delante de la luz de la linterna (porque era ya de noche) un hombre pequeño, cubierto con un sombrero gacho, y envuelto en una capa negra.
—¿Qué me queréis?—dijo secamente el licenciado.
—¿Es vuesa merced, como lo parece, alcalde de casa y corte?—dijo aquel hombre, cuyo acento era indudablemente afectado.