—¿Dónde estáis, señora?
—Aquí, mi señor; venid, adelantad, tomad mi mano; yo os guiaré.
El duque, guiado por el sonido, buscó entre la obscuridad y tropezó primero con un traje de brocado; luego con un hombro redondo que se retiró de una manera nerviosa, y al fin, con un brazo desnudo de una morbidez y una suavidad exquisitas, yendo á parar, por último, á una mano incomparable por su forma, pequeña, gruesecita, cuajada en los dedos de gruesos cintillos, que temblaba y estaba fría.
—¿Qué os espanta, señora?—dijo el duque mientras doña Ana le conducía á tientas hacia un lado de la cámara.
—Me espanta—dijo doña Ana con su sonora y dulce voz de mujer hermosa—, me espanta la situación en que me encuentro, que es horrible.
—¡Horrible! No alcanzo á comprenderos; ¿horrible porque yo estoy aquí?
—Sí; sí, señor, porque si mi situación no fuese horrible, no estaríais vos aquí.
—¡Explicadme, explicadme, señora!—dijo el duque con cierta magnífica majestad, porque suponía que todo aquello no era más que un prefacio de costumbre.
—Si yo no hubiera necesitado de la protección de una alta persona, cuando Montiño me trajo de vuestra parte el regalo que tengo al cuello...
—¡Ah, señora!