—Podéis creer que el haber yo consentido ha sido por ese regalo; pero os engañáis si creéis eso, señor; lo he aceptado porque me encontréis humilde, porque queráis mejor ampararme.
—¿Pero qué os sucede?
—Estoy sola en el mundo; sola y amenazada de mil peligros. Cuando Montiño me dijo que una altísima persona me amaba...
—Otros hay más altos que yo, señora.
—¡Oh, no, sólo Dios!
—¿Quién os ha dicho eso?—dijo con una gravedad eminentemente cómica el duque, que quería pasar por rey...
—Nadie... pero... mi corazón...
—¡Vuestro corazón!
—Yo había ido muchas veces á la corte, señor; las mujeres somos locas, insensatas; nos gusta, nos enamora lo grande, lo que deslumbra...
—¡Y os he deslumbrado yo!