—¡Ah, señor!, vos sois el sol de las Españas.

—¡El sol yo! ¡pero no veis que estamos á obscuras!

—Yo os veo claro, como si fuera de día... como si... estuviérais...

—¿Como si estuviera dónde?

—No me atrevo, señor, ¡habéis mostrado tal empeño en no ser conocido!...

—Sin embargo, vos lo mostráis también en hacerme entender que me conocéis.

—Porque en ello me va mi honra.

—¡Vuestra honra!

—Sí, sí por cierto; yo no podía ser esclava de otro que de vos.

—¡Ah! ¿pero quién créeis que soy yo?