—No me atrevo á decíroslo.
—Hablad, hablad sin temor, señora.
—¿Me dais vuestra noble palabra de no enojaros?
—Os la doy.
—Pues bien—dijo doña Ana arrodillándose de repente á los pies del duque de Lerma—; yo soy vuestra, señor, en cuerpo y en alma.., porque hace mucho tiempo que, loca, fuera de mí, amo á vuestra majestad.
—¡Mi majestad!—dijo el duque fingiendo el más profundo asombro—; ¡cómo, señora! ¿habéis creído que yo soy el rey?
—¡Ah, señor, señor!—exclamó doña Ana cubriendo de trémulos besos las manos del duque; vuestra majestad me ha dado su real palabra de no ofenderse.
—Y no me ofende más que el dolor de no ser rey, puesto que al rey amáis vos; pero levantáos, señora, no sois vos la que debéis estar á mis pies.
—¿Es decir que tenéis empeño formal en que yo no os reconozca?
—Creed que hay en mí grandes razones para no querer ser conocido de vos.