—Respeto esas razones, señor, las respeto, y me someto á vuestra voluntad.
—¿Quedamos, pues, en que yo no soy el rey?
—Sí; sí, señor.
—Gracias, señora, gracias. Ahora decidme: ¿cuál es la situación horrible en que os encontráis? Hablad, que aunque yo no sea el rey, tengo poder bastante para salvaros.
—Juradme por vuestra alma que me salvaréis y que no desconfiaréis de mí.
—Os lo juro.
—Voy á ser muy franca con vos.
—Os lo agradeceré.
—Yo, señor, no soy noble.
—Tenéis la nobleza de la hermosura.