—Nací en las playas de Galicia, señor, y Dios, sin duda para probarme, me dió esta funesta hermosura.
—¡Vuestros padres fueron pobres!
—Pescadores, sin más bienes que una barca y una cabaña en la playa; yo crecí allí libre, al sol y al aire, delante del mar, tan ancho, tan azul, tan hermoso, guardada por las espaldas por las verdes montañas de mi hermosa Galicia. ¿No es verdad, señor, que nadie al verme, al escucharme, puede creer que yo he sido una pobre muchacha que se llamaba Aniquilla, que corría descalza por las rocas buscando mariscos cuando era niña, y que más tarde?... ¡oh, Dios mío!
—No, no, nadie lo creería, porque Dios os ha dado la nobleza, como ya os lo he dicho, de una grande hermosura, y con esa maravillosa hermosura una discreción adorable y un claro ingenio. Vos sois una dama completa.
—¡Pluguiera á Dios que no lo fuese!
—¿Pero qué misterio hay en vuestra vida?
—Sería un crimen el engañaros, señor.
—Os escucho con afán.
—Apenas dejé de ser niña, cuando dejé de ser pura.
—¡Ah, la inocencia!