—Pedirla más hermosa sería avaricia, y parece inocente Muchacha—añadió dirigiéndose á mí—, ¿quieres ser la prenda de un mozo de rumbo?

—No os entiendo—le contesté.

—¿Quieres ser mi moza, digo? Yo te pondré en el cuello corales y encajes, y te meteré la cintura en sedas, y te calzaré los pies con chapines, y si ahora pareces un lucero, después parecerás un sol.

—¿Es de veras?—le pregunté olvidada ya del otro que iba en el bergantín, que había desaparecido por completo en alta mar.

—Tan de veras, que si estás aquí en este mismo sitio á la noche, vendré por ti.

—Estaré.

—¿Palabra de buena muchacha?

—Os lo prometo.

—Pues veremos quién falta á lo prometido—dijo el capitán.

Y me estrechó la mano, y se fué á la aldea donde habían entrado los soldados.