—¿Y fuísteis?—dijo el duque de Lerma.
—Sí; sí, señor; fuí, puesto que estoy hablando con vos; fuí por mi desgracia; ó mejor dicho, no me moví de la roca... no me despedí de mis padres, ni entré siquiera en la cabaña.
Cuando me habló el capitán se ponía el sol.
La noche, por lo tanto, no tardó en llegar.
Pasó algún tiempo desde que cerró la noche, y por cierto bien obscura.
Yo esperaba con impaciencia.
Toda mi ambición era salir de aquel estrecho valle, encerrado entre el mar y las montañas.
¡El mar sin límites, que recibió mis primeras miradas! ¡las verdes montañas de mi hermosa Galicia, de entre las cuales pluguiera á Dios no hubiera salido nunca!
Como os decía, la impaciencia me devoraba.
Sólo veía delante de mí, porque la noche era muy obscura, una línea algo más clara, una línea movible.