Era el mar que venía á romper sus olas en las rocas.
Sólo escuchaba su quejido incesante, y el ligero zumbar del viento.
—¡Bah!—dije llorando—; el hermoso soldado se ha olvidado como los otros de sus promesas; pero éste, al fin, no ha sido infame, porque no ha sido mi amante.
Y me levanté de la roca, y con el corazón amargo me volví para encaminarme á la choza de mis padres, por cuya puerta se veía relucir á lo lejos la llama, la alegre y dichosa llama del hogar.
Pero de repente, un ruido que sentí á mis espaldas me detuvo.
Era ruido de remos.
Mi corazón se ensanchó y me volví de nuevo á la roca.
Abordó una barca y de ella saltó un hombre.
—¿Estás ahí, muchacha?—dijo.
En aquella voz reconocí la del capitán.