—Sí, aquí estoy esperándoos—le dije.
—Pues ven conmigo y no te detengas, que el viento es favorable y vamos á zarpar.
Acerquéme á él, y él me asió de una mano y me llevó hasta la barca.
Su mano temblaba.
Luego me asió de la cintura para meterme en la barca.
Sus brazos temblaban también, y su corazón latía con fuerza.
Me dió un silencioso beso en el cuello, y sus labios abrasaban.
Yo empecé á sentir no sé qué por aquel hombre.
Me parecía hermoso, y luego... me trataba como no me había tratado ninguno.
Los otros me habían tratado con desprecio.