El me trataba como á una señora; se estremecía á mi lado, se ponía pálido.
Me retuvo en sus brazos en la barca; y luego, siempre en sus brazos, me subió á la galera.
Noté que nadie se reía de mí; que nadie me miraba, que todos, cuando pasaba junto á ellos el capitán, que me llevaba de la mano, se descubrían.
Era él el capitán de la galera, y además muy rico y muy principal.
Por eso me respetaban todos.
Y yo iba mal vestida, despeinada, descalza.
Y, sin embargo, don Hugo de Alvarado, que así se llamaba mi esposo...
—¡Vuestro esposo!...—exclamó con asombro el duque de Lerma.
—Sí; yo soy viuda de un capitán de mar de su majestad, señor.
—Contadme, contadme cómo fué eso.