Pero me olvidé de todo y acabé por olvidarme de don Hugo, del único hombre á quien había amado.
Rica, joven y hermosa, me propuse apagar mi sed de placeres, mi sed de vanidad.
Y aunque muchos quisieron casarse conmigo, yo no quise.
Quería volar libre, suelta, poderosa; devorar cuanto el mundo tiene de incitante y bello.
Y lo gocé.
Pero lentamente mi caudal disminuía.
Vivía en la corte, y gastaba, gastaba sin reflexión el caudal que me habían dejado una santa y un hombre de corazón.
Gasté su caudal y su nombre, porque fuí una mujer galante, una aventurera; porque en mi sed de gozar me olvidaba de mi honra, como me había olvidado de mis padres, como me había olvidado de mi esposo.
—¡Oh! ¡oh! vos sin duda exageráis, señora.
—Os digo la verdad; no he querido engañaros. Soy una mujer perdida, y no comprendo cómo vos, señor, podéis haberos enamorado de mí, como no he podido comprender nunca por qué de mí se enamoró don Hugo.