—Tenéis una hermosura maravillosa, doña Ana.
—Gracias, muchas gracias, señor, pero escuchadme todavía, que aún no he concluído.
—Os escucho.
—Muy pronto estuvo enteramente perdido lo que había heredado; empecé á contraer deudas, y no sé lo que hubiera sido de mí, si un día no me hubiese visto en el coliseo del Príncipe, el príncipe don Felipe.
—¡Ah!
—Aunque es muy niño, clavó en mi sus ojos y no los apartó en toda la función. El duque de Uceda estaba en el aposento del príncipe.
—¡Oh! ¡oh!—exclamó el duque de Lerma con un acento que engañó á doña Ana.
—Yo no debería deciros esto, señor—dijo ella—; pero no debo engañaros; no debo excusaros ni la parte más leve de la verdad. Además que su alteza es muy niño...
—¡Y sin embargo, quiere pervertirle el buen duque de Uceda!...
—El duque de Uceda es muy ambicioso, y hace la guerra á su padre el duque de Lerma de la manera que puede. El duque de Uceda es tan mal hijo como lo he sido yo. Dios le castigará como me ha castigado á mí. En cuanto al príncipe...