—Decid, decid...
—El duque le trae algunas noches. Su alteza se alegra cuando me ve y me abraza y me besa, y me dice que cuando sea rey yo seré lo que quiera ser.
—¿Pero el príncipe está ya pervertido?
—No; no, señor, pero si... su majestad el rey no pone remedio, el príncipe será un rey débil capaz de todo, si para lograr sus intentos le pone un ambicioso delante una mujer hermosa.
—Gracias, señora, gracias en nombre del rey.
—¡Oh! el rey pude contar con mi corazón, con mi alma. Pero el rey tendrá compasión de mí y me salvará; ¿no es verdad, señor?
—¿Pero de qué tiene que salvaros el rey?
—¡Ah, señor! ¡yo no os lo he dicho todo! Pero antes de que concluya la triste confesión de mis desdichas, dadme, señor, vuestra palabra de que me protegeréis.
—Os protegeré, no lo dudéis. Pero alzad, alzad, señora, y no tembléis de ese modo.
Doña Ana se había arrojado de nuevo á los pies del duque de Lerma, y besaba llorando sus manos.