—¿Lo sabíais?

—Pero yo creía que le había matado por distinta causa.

—¡Cómo! señora, ¿creéis que yo he mandado la muerte de ese hombre?

Y en el acento de temor y de sorpresa del duque, que era siempre hinchado, doña Ana creyó oír el acento de un rey ofendido.

—¡Ah! ¡perdón! ¡perdón, señor!—exclamó—no crea vuestra majestad...

Era tan grave lo que sucedía, que el duque de Lerma perdió la serenidad y exclamó:

—¿Cómo os he de decir que yo no soy el rey?

—¿Pues quién sois entonces?—exclamó con espanto doña Ana, á quien parecieron enérgicamente verdaderas las palabras del duque.

—Yo—dijo Lerma reponiéndose, pero torpemente—soy... un caballero que os ama.

—¡Ah!—exclamó con acento rugiente doña Ana—¡me ha engañado ese miserable Montiño! Pero yo sabré quién sois.