Un silencio de estupor enmudecía á los tres personajes.
El primero que le rompió fué el duque de Uceda.
—Encended las bujías, doña Ana—dijo—, venid después acá, y decidnos: ¿por qué razón, de una manera tan imprevista y tan enojosa nos encontramos aquí mi señor padre y yo?
—Yo he venido á deshacer vuestras rebeldías, señor duque de Uceda—dijo el duque de Lerma, mientras doña Ana, aturdida, encendía las bujías.
—¿Mis rebeldías, excelentísimo señor?—dijo el duque con calma—¿pues acaso hago yo otra cosa que defenderme?
—Defenderos, ¿de qué?
—De los agravios que vuecencia me ha estado continuamente haciendo por celos. Sí; vuecencia cree que nadie puede acercarse al rey sino para hablarle mal de vos.
—Vos habéis conspirado constantemente contra mí.
—Es cierto: por vuestro nombre y por el mío.
—¿Por vuestro nombre?