—Cierto; soy vuestro hijo y no puedo tolerar á sangre fría que, cegado por viles favoritos, aconsejéis constantemente al rey lo que deslustra vuestro nombre.
—¿Sabéis que á más de ser vuestro superior por mi estado, lo soy también por ser vuestro padre?
—Padre y señor, hace mucho tiempo que no somos padre é hijo.
—Tan seguro tenéis, porque os ha repuesto el rey en vuestro oficio de ayuda de cámara del príncipe, que soy hombre al agua, que ya se me os atrevéis.
—Os encuentro casa de mi querida.
—¡Casa de vuestra querida! ¡yo creía que esa mujer era la primera querida de su alteza, querida que vos le habíais procurado!
—Venid acá, perdida—dijo el duque de Uceda asiendo violentamente de una mano á doña Ana—; ¿así se juega con gentes principales? ¿para esto te doy yo los brocados que vistes y las joyas que gastas?
Doña Ana se echó á llorar, y para que llegase hasta lo último lo escandaloso de aquella escena, el duque de Uceda dió una bofetada á doña Ana, como podía haberlo hecho el último de los rufianes.
—¡No os conozco!—exclamó el duque de Lerma escandalizado, avergonzado, porque nunca el duque de Lerma había prescindido de las formas—; vos no debéis ser mi hijo, no; si fuérais mi hijo no hubiérais hecho, y delante de vuestro padre, lo que acabáis de hacer.
Doña Ana lloraba; el duque de Lerma se dirigió á la puerta.