—Sí, vos. Y lo declararían sin saberlo los duques de Bukingam y de Seimur; lo declararían sin saberlo vuestros satélites, delegados por vos para sangrar al reino, por medio de cartas que puedan presentarse al rey.
—¡Mentís!—exclamó el duque, que delante de doña Ana no quería rendirse, por decirlo así, á lo tremendo de su situación; no quería confesarla.
Su hijo lo adivinó.
—¿Qué haces tú ahí?—dijo á doña Ana—; ¿no ves que su excelencia y yo tenemos que entendernos? Vete.
Doña Ana se levantó y salió doblegada, cabizbaja, llorando.
El duque de Uceda cerró las puertas.
—Ya estamos solos, padre y señor—dijo—; sé á qué habéis venido aquí; sé que por el afán de guardar para vos solo el favor de su majestad, habéis llegado hasta el caso de traición, de tomar el nombre de su majestad, de querer pasar ante esa mujer por su majestad, para deshacer uno de los medios que suponéis de mi privanza con el príncipe.
—¿Pero quién os ha dicho eso?
—El bufón del rey.
—¡Ese hombre lo sabe todo!